Nos hemos acostumbrado a entender el significado de las palabras desde las raíces latinas, no obstante, para referirme al término felicidad, prefiero atender al término griego “eudaimonía” que mantiene mayor propiedad. Hoy que celebramos su día internacional, deseo referirme a sus raíces griegas, proviene pues de “eu” que significa bueno y “daimón” que significa espíritu, es decir, la felicidad sería el bienestar o la bondad espiritual. La Real Academia de la Lengua Española, define a la felicidad como un “estado de grata satisfacción espiritual y física”. Pero no creo que pueda estar vinculada a la situación física porque el estado físico de una persona no puede marcar su significado, siempre será un estado emocional que no puede depender de factores externos y menos aún sobre lo que no podemos cambiar.
La felicidad implica aceptar las cosas como son, no hay problemas si nuestra mente no los considera así. El ser humano se preocupa más de la visión externa que de su posición, eh ahí el origen de la amargura e infelicidad, culpamos a los demás de nuestra condición. Si entendiéramos que debemos aceptar lo que somos y lo que tenemos no tendríamos razones para no ser felices. El estado de felicidad del ser humano, depende única y exclusivamente de la persona, nosotros debemos decretar nuestro estado de ánimo, el cual no debe cambiar por la influencia externa. Soy feliz, decreto que lo soy y mi felicidad nadie podrá eliminarla porque eso, depende de mí. Por otro lado, las personas confunden que una persona feliz siempre debe estar alegre, y no es así. La alegría es un estado momentáneo mientras que la felicidad permite que el ser humano demuestre paz, serenidad, calma, resiliencia entre otros estados anímicos positivos. Os invito a ser felices.
Manuel Salinas Ordóñez
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