Nos han enseñado que pensar es una actividad cerebral; que la mente es un epifenómeno del cerebro, en cambio el cuerpo, un simple vehículo biológico obediente. Sin embargo, hoy los estudios sobre neurociencia del cuerpo (v.g. Castellanos, 2022) derrumban ese prejuicio al sostener que pensamos con el cuerpo. Pues resulta que tenemos tres cerebros, a saber: el sistema nervioso central (con 100 billones de neuronas), el sistema entérico (100 millones de neuronas) y el sistema cardio (40 millones de neuronas). Pues resulta que el más importante de ellos es el sistema entérico, incluso este sistema es el que primero se forma al momento de la concepción. La tesis es sencilla: el cerebro sólo coordina, ya que sentimos primero con el sistema entérico y decidimos después con el corazón (Maldonado, 2026). Es tan importante el sistema entérico que incluso los microorganismos que habitan en nosotros (v.g. microbiota intestinal) participan activamente en la forma en que percibimos, recordamos, decidimos y sentimos. Si nuestras emociones, memorias y estados de ánimo dependen también del ritmo respiratorio o del latido cardíaco o de la microbiota intestinal, entonces la razón pasa a un segundo plano y asume el trono la sensibilidad. Pues sentimos primero y si acaso luego pensamos. Esto quiere decir que el cuerpo no es un escenario pasivo de la mente, sino su coautor más importante. Con esto se desmonta uno de los mitos fundacionales de la modernidad: la ilusión del ser humano racional autónomo. Hoy tenemos una sociedad obsesionada con el rendimiento cognitivo: más atención, más productividad, más control emocional, más inteligencias múltiples (horribile dictu), en definitiva, más y más razón; y se lo desatiende al cuerpo. No se puede exigir claridad mental a un cuerpo desatendido, no hay mente sana en un cuerpo u organismo exhausto o enfermo, sin ganas de vivir. Esto nos obliga a repensar la educación, la salud, la psicología, el trabajo y hasta la política del bienestar concentrada en el encefalocentrismo. Porque si el cuerpo esculpe el cerebro, entonces también esculpe nuestra manera de saber vivir (buen vivir). Y quizá, después de todo, pensar bien consista en aprender a habitar mejor el propio cuerpo volviéndonos más sensibles, compasivos, amorosos, pasionales, con ganas de vivir.
Jorge Benítez Hurtado
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