Historia de un grifo

En un patio como tantos un grifo desolado intenta verter una lágrima. Han pasado varios días desde la última vez que sintió el claro frescor del agua en su reseca tubería. La razón de su existencia parece haberse agotado, ya no puede calmar la sed de algún acalorado transeúnte, ya no puede brindar vida y consuelo a las matas del jardín, ya no puede lanzar el guiño amable de una gota persistente a las piedras que lo rodean. Por alguna razón que no comprende lo han privado de la savia vital que circulando por sus entrañas lo convertía en el auxiliar necesario de la vida que fluye en toda la naturaleza. Recuerda los días gloriosos cuando le fue asignado el puesto permanente en la primera línea del combate contra la sed. El cobre nuevo y reluciente combinaba con el cemento impecable del patio recién pavimentado. En cuanto alguien acariciaba su llave el agua brotaba lista y enérgica llevando su frío bienhechor hasta donde se lo necesitaba. Esos recuerdos se diluyen ahora en la sensación polvorienta que surge desde las oquedades más profundas de la tubería.

A muchos kilómetros de distancia la gran hermandad de recios tubos conductores ha sufrido una nueva puñalada fruto de la imprevisión, del descuido y del capricho de muchos hombres que, ensimismados en su orgullo y en la errónea percepción de su propia valía, provistos de una feliz inconsciencia, ocasionan daños graves a la ciudad que pacientemente espera la limosna de un poco de agua. Desde sus altos y elegantes escritorios, amparados por emblemas ciudadanos que recuerdan días mejores, rodeados por un servil séquito de asesores, adulados incansablemente por ‘lamebotas’ profesionales, los hombres que debían cuidar del suministro del agua se complacen en sus magros alcances y cultivan su vanidad regándola con sueños de obras futuras y abonándola con mentiras. Trabajamos dicen, trabajamos repiten de forma incansable, trabajamos contesta grave el eco que surge de las tuberías rotas y que al final suena como un murmullo en la boca inútil de un grifo que sueña en un patio cualquiera.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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