Llegado el mes de julio el año comienza el veloz descenso que en un parpadeo nos lleva a la colada morada, a las fiestas navideñas y a la explosión final de fuegos artificiales que marca el inicio de un nuevo período. En este mes se celebran también acontecimientos históricos importantes. El 25, por ejemplo, Guayaquil recuerda la fecha fundacional que permitió la existencia de esa ciudad inmensa y diversa que es aviso y ejemplo del poder inmenso de la voluntad. Borges le dedicó un cuento y en él hace un elogio de esa voluntad que eleva o que hunde a las personas. Los guayaquileños son hijos de esa decisión irrevocable de prosperar frente a todas las adversidades históricas y naturales y de seguir fieles a las grandes causas de la libertad que han sido y son la esencia de la magnífica urbe porteña. El Libertador y el Protector del Perú encontraron en este puerto el mejor lugar para decidir el futuro del continente y de alguna manera los mejores ideales de Bolívar vibran a orillas del gran río. Será por cuestiones esotéricas del destino que el natalicio de don Simón está tan cercano al de Guayaquil. Los próceres guayaquileños siempre militaron a la vera de las causas de los libres y en la orilla opuesta a las hordas de la opresión. Su ejemplo en varias etapas de la historia patria ha servido como elemento de cohesión de nuestro Ecuador. Al fin y al cabo, bajo ese sol ardiente y al amparo de la brisa del Guayas, se forjan gentes de los cuatro puntos cardinales. Es el imán de la voluntad que atrae de forma irresistible. Todos los rostros ecuatorianos se encuentran en esas avenidas interminables, todas las esperanzas corren parejas por esas calles que reflejan la imagen verdadera del país.
Carlos García Torres
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