El pretender establecer una moneda única para América latina, como lo propone el militante Arauz de la Revolución Ciudadana, es una desfachatez, que no responde a la lógica ni a la realidad económica de nuestros países, tampoco es la «panacea universal” para aplicar la receta como “remedio o solución, para paliar la crisis de Ecuador y de los demás países de la región”. El cambio de moneda no es una situación de entusiasmo, sino una decisión netamente técnica y de profundo análisis.
La experiencia que está viviendo el Viejo Continente debe servirnos de ejemplo, a la hora de acelerar procesos de confluencia en la región que podría determinar la ampliación en la brecha que existe entre los países del continente latinoamericano. La búsqueda de una moneda única entre los países latinoamericanos no haría más que alimentar la posibilidad de establecer tipo de cambios fijos entre las monedas de los países miembros, lo que implicaría profundizar las asimetrías macroeconómicas existentes y las profundidades diferentes en sus sistemas financieros con un manejo poco confiable de sus estadísticas, como se dio en el reciente caso de Grecia.
A la hora de poner en vigencia la moneda única se produce el alineamiento fiscal y los problemas de inflación. Europa ha tenido varias y constantes tensiones por los dos temas y en el caso del nivel de precios aplicó las metas de inflación con las restricciones y las debilidades que la misma ha demostrado en las últimas crisis.
Debemos generar los consensos políticos y económicos que permitan avanzar hacia el desarrollo de la región priorizando la deuda social tan postergada en nuestra región y redimiendo a nuestra sociedad de la crisis que nos afecta y nos ha sumido en la pobreza, falta de fuentes de trabajo, sin recursos para atender la salud, la educación y, ante todo, la inseguridad y la corrupción.
Luis Muñoz Muñoz