Tengo la convicción de que proyectar, crear y alimentar una biblioteca en casa, es una respuesta revolucionaria y categórica al sistema. Sistema que nos quiere ignorantes, limitados, dóciles a sus prescripciones pestíferas que solo intentan introducirnos cada vez más en una caverna similar a la que alguna vez referenció Platón. Y es una respuesta porque una biblioteca es una vida edificante, es el ejercicio vital mismo, es manantial de sustancias vívidas y vitales, un artilugio de resistencia porque se superpone a las tinieblas de la ignominia y la desidia. Y es revolucionaria porque una biblioteca con todo su bagaje no admite fácilmente lo que perversamente le está dado al mundo y a los hombres; pues, a través de los libros todo lo altera, lo cuestiona, sigue su curso, pero atentamente y no con el conformismo propio de la naturaleza humana, porque va en la búsqueda incesante de respuestas a las grandes preguntas del mundo. Y es categórica porque una biblioteca es mucho más contundente que cualquier arma letal empuñada, y que cualquier perorata de aquellos sinvergüenzas que se creen profetas o pitonisas del universo.
Una biblioteca en casa no es un lujo, un adorno, un espacio para guardar libros que resistan al polvo y el paso del tiempo. Definitivamente no. La biblioteca, entendida correctamente, no es un espacio físico con estantes. Es un espacio, pero vital, trascendente, valioso, acaso sagrado, donde se conjuga la más genuina predisposición, capacidad y creatividad humanas, y la magia propia de los libros que son seres que están, interpelan, acompañan, cuestionan, seducen y nos asaltan con sus certezas o sus incertidumbres. La verdad es que se trata de un paraíso, pero terrenal, que no niega la realidad, sino que, al contrario, contribuye a enfrentarla con insumos y fuerzas suficientes… Cuesta describir la sensación magnánima, en el silencio de la jornada, de recorrer cada página y, de vez en cuando, observar al resto de libros que pacientes esperan a un lector ávido y atento. Una biblioteca en casa es, en suma, el gran aliciente ante la pérfida debacle anunciada del mundo.
José Luis Íñiguez G.
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