La gran derrota

Las instituciones políticas clásicas tienen un fundamento, y nacen de una necesidad elemental. Una de las necesidades por las cuales se crea lo que hoy conocemos como Estado, es para que no reine en la sociedad la violencia, para que se gestionen de forma adecuada los conflictos que se suscitan por las dinámicas sociales. Es pues el Estado una forma de oposición a la anarquía.

Uno de los principios constitutivos del Estado moderno alrededor del mundo, es el planteado por Max Weber en ‘La política como profesión’, y es el del monopolio de la violencia física legítima. Es decir, que el Estado es el único legitimado para dominar sobre los gobernados, y lo hace sobre la base de una serie de normas y leyes que le faculta para hacerlo, y le otorgan la legalidad necesaria.

Cuando el presidente de la República decide dar licencia para el uso de armas, está renunciando al más importante de los principios del Estado, liberando de la responsabilidad de cuidar a los ciudadanos, condenando a una especie de ‘sálvese quien pueda’. Cuando el llamado a cuidar revela su incapacidad de hacerlo, está aceptando tácitamente la derrota de su gobierno frente a las arremetidas de quienes han sembrado miedo en el país.

El gobierno que hoy detenta el poder del Estado, está dejando a la deriva a los más indefensos, a quienes siempre tuvieron el olvido del poder, a quienes no pueden acceder a servicios elementales y en este caso, al de la seguridad de sus vidas. Las grietas de la crisis se agrandan progresivamente con el paso de los días, y el gobierno sigue renunciando a lo que juró defender.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco@gmail.com

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