En países como el nuestro la democracia siempre está en ciernes. Las academias tienen institutos concentrados en pensar sus posibilidades y limitaciones, los partidos políticos las revisan y estudian para sus estrategias, los hacedores de la política para manejarla, y la gente de a pie la escucha en todos lados, sin saber qué mismo es eso. Para ubicar un punto de acuerdo elemental, es que la democracia se hace con la gente, se decide con ella, su fundamento y esencia está en el pueblo mismo, que necesita de mecanismos que aproximen al ciudadano las posibilidades de gobiernos justos.
Muchas veces olvidamos que las grandes mayorías de este país hacen la democracia, la fraguan, deciden su rumbo. El voto, en la coyuntura actual, es el único mecanismo de participación directa que tienen los ciudadanos, es el hilo que conecta las vidas cotidianas con el quehacer político. Evidentemente, hay un divorcio profundo entre la gente y la política que no ha podido revertirse, y parece que, a pesar de los anuncios catastróficos, la gente cada vez se aleja más de ella.
A sabiendas de que el voto es la manifestación individual a través del cual delego a alguien más que decida por mí, mucha gente sigue sin comprender bien qué, quiénes, y por qué elegimos. Y no es solamente por falta de educación política, ni de empoderamiento ciudadano, ni falta de cultura democrática; es porque vivimos en un país donde mucha gente sigue sin tener acceso a información comprensible, a conocimiento, a tiempo para formarse, a medios para acercarse a ese hostil, lejano y caótico mundo, que en ocasiones se banaliza y se repleta de quienes prostituyen la política.
Pablo Vivanco Ordoñez
pablojvivanco@gmail.com