Datos y opiniones

En el otoño de 1605 Francis Bacon vivía una situación muy parecida a la del mundo actual. Proliferaban las opiniones sobre los temas más diversos sin que pudieran existir visos de certeza sobre ninguna cosa. Cansado de esta situación propuso la nueva forma de aprendizaje y de acción, basada en el conocimiento empírico, que hoy llamamos ciencia. A partir de ese momento histórico, el proceder científico busca superar las creencias individuales contrastándolas con la precisa individualización y medición de los hechos de la naturaleza. El racionalismo y el positivismo pensaron que también sería una buena idea aplicar el método científico al análisis de los eventos sociales y económicos y así se lo ha hecho con resultados benéficos en muchos aspectos de la vida actual. El siglo XXI ha visto, en cambio, un decrecimiento sostenido de la creencia social en la ciencia. Se levantan voces que erigen sus propias ideas en artículos de fe y que, por ejemplo, niegan el cambio climático, o los viajes espaciales o, incluso, la propia redondez de la tierra. Tal y como se vio en la reciente pandemia hay todo un movimiento irracionalista que nos quiere regresar al siglo XV. En los aspectos sociales estas voces lanzan cuestionamientos contra los objetivos de desarrollo sostenible o, incluso, contra los derechos humanos. Es en la economía, sin embargo, que este tipo de mentalidad ha alcanzado un prestigio insospechado. Se llaman afirmaciones técnicas o científicas a las simples creencias que, por su antigüedad, han alcanzado categoría de dogmas económicos. Entre ellas destaca la fobia gubernamental a los subsidios o el demencial rechazo a la inversión pública. En los pasillos de Carondelet se aceptan tales absurdos como sacras revelaciones neoliberales que deben ser acatadas con una reverente inclinación de cabeza.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *