Unas ediciones atrás escribí una Opinión sobre la propuesta de la legalidad del aborto en caso de violaciones. Comenté que las mujeres que elegían dar vida son personas realmente libres y valientes; que esa elección era, en palabras del Papa Francisco, algo grande, algo bello. Hoy opino sobre la consecuencia natural de no abortar, esa consecuencia es ser MADRE. Para esto tomaré como referencia a las madres más cercanas a mí: mi abuelita, mi madre y mi hermana. Junto a las tres he vivido casi toda mi vida; hace 18 años mi abuelita murió, pero tengo muchas y graciosas experiencias vividas junto a ella.
Una de las cosas que más recalcaba mi abuelita era lo importante que era rezar. Ella nació en 1930 y desde muy pequeña aprendió las oraciones de la Iglesia católica; las consideraba muy importantes, pero, sobre todo, fundamentales en la convivencia de la familia. Durante los momentos de rezo todos debíamos guardar absoluto silencio so pena de un castigo impuesto por ella. Mi madre nació en 1951, la mayoría de correcciones que ella me dio requerían mi silencio a fin de que escuchara su voz, lo que ella decía era ley para mí. Los mejores consejos, aunque a pocos atendí, los recibí de mi hermana; sus consejos siempre fueron con voz fuerte pero a la vez con ternura, con amor, con caridad.
La madre es la persona que encarna muchos, por no decir todos, los aspectos de lo que debería ser una expresión de amor. Casi todas las madres oran por sus hijos, guardan silencio por ellos, tienen gestos de caridad con ellos. La caridad es la voz del Amor; para oír esa voz se requiere Silencio; el silencio es la Oración; feliz día de las madres. ¡Imitemos a nuestras madres en la Oración!
Richard Serrano-Agila
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