Honrar los muertos

Tres velas en el mismo desvencijado altar. Una opaca luz de la pequeñita lámpara lateral ilumina tenuemente la estampa del corazón de Jesús que reposa entre el marco y el vidrio del cuadro de la Virgen de su predilección. Es día de muertos y la jornada ha iniciado con la misa, para luego emprender la colada morada, la visita al cementerio, y el regreso a casa, como en procesión solitaria.

Tenía una familia corta y ahora solo tiene velas, fotos, y lágrimas porque desde hace unos años que esta fecha la recuerda a todo lo que tuvo, y que hoy son las ‘santas almas’ a las que reza para que no penen, para que no vengan por la noche a tocar las puertas de la casa, como si quisiese volver a sus cuartos.

Toda vida es una suma infinita de entierros, muertes, soledades, y nombres que se tornan borrosos con el paso del tiempo. Honrar la vida tiene que ver mucho con honrar a los muertos, con recordarlos no como seña única de la nostalgia, o con la tristeza de saberlos ausentes, sino con la diáfana gratitud de haber compartido en la vida. No hay muerte que no sea temprana para quien sufre la ausencia, sin embargo, esa certidumbre de la finitud de la vida, otorga sentidos a las existencias individuales y sociales.

Ya por la noche, apagadas todas las luces de la casa, llega al mismo altar de sus añoranzas, apaga las velas, y sabe que mañana tendrá que comprar unas nuevas, renovar la vieja estampa, ampliar las nuevas fotos halladas en el álbum, y volver al normal calendario de la vida cotidiana, con la latencia viva de sus muertos que le permiten seguir viviendo.

Pablo Vivanco Ordóñez

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