Las primeras etapas de la vida son las más cruciales en el desarrollo del ser humano, y es que desde nuestro nacimiento todo es un continuo aprender y descubrir. Aunque la sociedad por lo general se ha enfocado en estimular primordialmente el pensamiento lógico y racional –es decir lo tangible– enmarcándose en desarrollar el hemisferio izquierdo, dejando a un segundo plano lo que nos conecta con lo intangible, con nuestro ser y hacer, con la creatividad, imaginación, curiosidad, empatía, intuición, etc. Es allí en donde el arte cumple una función integradora en el desarrollo infantil, convirtiéndose en un aliado estratégico de la educación.
El maravilloso mundo de la educación, conlleva una serie de procesos y experiencias que cumplen una función importante para alcanzar el desarrollo de destrezas o competencias. Si bien es cierto aunque los docentes puedan tener las mejores intenciones para contribuir con la formación de los educandos, siendo los guías que promuevan una construcción del conocimiento para que éste llegue a convertirse en un aprendizaje significativo. Como maestros en el área artística lo ideal es transitar por prácticas que constituyan posibilidades abiertas de conocer, aprender, competir, cuestionar, etc. Como lo establece Rosario García en la revista Dos cruces y mil subjetividades, es un entramado de formas de ser y hacer que amplía nuevas subjetividades, por tanto, el sentido pedagógico es una posibilidad potencial en todas las prácticas artísticas y culturales.
Trabajar en arte y educación amplifica un espacio para desarrollar nuestras ideas y la de los educandos, nuestro compromiso como sociedad debe ser el propiciar espacios para que los niños y jóvenes abran su mente y planteen posibilidades de un mejor mundo, un mundo más humano.
Lucía Margarita Figueroa Robles
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