Amotinamiento en la Cárcel más grande del país, y en pocas horas la autoridad local del Guayas manifiesta: “se ha recuperado el control, y con solo 24 muertos, ya podemos dormir tranquilos”.
Cuan deshumanizante resulta esa frase, cuando un día después se encuentran más de cien cadáveres en los pasillos de otros pabellones. Lo tétrico del relato se complementa con las imágenes y videos que se virilizan en redes. Definitivamente ésta es la más cruenta matanza en la historia del país.
Pero el problema no solo es “una crisis carcelaria”. La crisis es Estatal e institucional, pues más allá del Genocidio penitenciario, el conflicto criminal ha migrado a las calles del país, talvez no con la misma vehemencia, pero si con el mismo saldo: “delito, violencia y muerte”.
Y la situación puede ser peor, porque los grupos criminales son ejércitos armados, y en su pugna por el control de territorio no hay lugar para amnistías.
Hoy hay que hablar de una crisis a la Seguridad y Soberanía Nacional. Hay que escuchar a las voces más sensatas, las que analizan éste fenómeno desde la perspectiva institucional, la exclusión estructural y la violencia cultural que son lógicas de poder en estos espacios.
Es claro que la falta de políticas públicas, y el desinterés de intervenir integralmente el problema ha generado más violencia que convenios. Como señala J. Troya, una posible solución sería la atención prioritaria a las falencias históricas que soportan los estratos más vulnerables de la sociedad, y donde casualmente la delincuencia y las mafias narcodelictivas han tenido su asidero.
“Atención integral” vigilar y castigar no es suficiente, evitar la génesis del delito es la vía, solo allí la reinserción social tendría alternativa.
Jorge Ochoa Astudillo
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