Un día que todos debemos celebrar

Todos recordamos a nuestro primera maestra o maestro. Yo recuerdo a la mía, se llamaba Mercedes Torres y los niños la llamábamos coloquialmente la “Señorita Miche”. Su cabello pintaba muchas canas, tenía una voz tierna, una mirada que hablaba, una paciencia de Job y un don maravilloso para llegar a sus alumnos con la magia del primer alfabeto con el que formaba las palabras para leerlas y escribirlas. Era una escuelita unidocente y ella se alcanzaba con todos. Cómo no recodarla….sobre todo en estos días. Y luego, en otras instituciones, los grados siguientes, con nuevos docentes hasta terminar la primaria; más tarde los seis años de secundaria para el bachillerato hasta coronar con la preparación académica a nivel universitario.

Todos, caminantes por la vida, cualquiera sea la preparación que tengamos, hayamos llegado a niveles superiores o no; todo ese aval cognitivo que tenemos, se lo debemos a nuestros maestros y maestras, porque compartieron y comparten con nosotros su sabiduría y, algo tan importante, nos formaron en valores para no ser solamente personas sabias, sino buenos ciudadanos.

Si valoramos en su real dimensión la importancia de los maestros, debieran ser las personas privilegiadas de la sociedad y recibir un trato superlativo; sin embargo, la realidad es completamente distinta. Sus sueldos, a nivel profesional, no les permite llevar una vida cómoda y, muchas veces, deben trabajar en más de una institución para cubrir sus necesidades de hogar. Vemos cómo los docentes que se jubilan, deben esperar por años para recibir su compensación que por ley les corresponde.

Estamos próximos a celebrar el Día del Maestro, 13 abril, que, los ecuatorianos, exaltamos los nombres de distinguidos personajes que, históricamente, hicieron de la cátedra su religión. Celebremos nosotros, recordando a nuestros maestros; a aquellos que, en estos mismos momentos, imparten la ciencia en aulas vetustas y con el piso lleno de agua, o en escuelas que por el paso del tiempo anuncian destrucción, al igual que a aquellos que lo hacen en condiciones muy placenteras. Honrémoslos por su arduo trabajo, a la espera de que este y los gobiernos que vengan, reconozcan la real valía del Maestro Ecuatoriano.

Darío Granda Astudillo

dargranda@gmail.com

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