En el polvoriento paisaje de una olvidada carretera de la provincia una pequeña casita de adobe aparece entre la niebla matinal. Una mujer se afana sobre un viejo fogón tratando de dar fuerza a una llama famélica que, mal o bien, calienta algunos cacharros gastados. Pronto estará lista el agua para el café, piensa la buena mujer y casi sin querer el aroma de la leña y de la tierra la lleva otros tiempos y a recuerdos escondidos que ahora vuelven para acompañarla. Regresa a su niñez y a los amargos días de la sequía cuando sus abuelos y sus tíos y sus vecinos y casi toda la gente que conocía tuvieron que emigrar a la ciudad primero y a otras tierras después. Aquellas caras familiares ahora sólo son memorias borrosas. La buena mujer sacude la cabeza para espantar esas imágenes y sólo logra que las reemplacen los recuerdos de sus propios hijos emigrados a España hace ya veinte años. Sabe que tiene nietos, le han mostrado algunas fotografías. Pero eso poco significa para ella en su tiempo y sus circunstancias. Levanta la mirada y la sorprende un escándalo de polvo y de banderas que con gran algarabía se acerca a su casa. Llega al fin una flamante camioneta ornada de colores partidistas y de ella descienden -ya se apean piensa la señora- algunos sonrosados caballeros y algunas relucientes damas que, a modo de prestidigitadores, con sonrisas publicitarias, sacan una gran bolsa con alimentos y una pequeña bolsita con dulces y galletas. Antes de que pueda saludar ya le han tomado decenas de fotografías. Con tristeza comprueba que los sufrimientos de ayer le alcanzan apenas para caramelos y galletas. Quiere indignarse, no puede. Sólo baja la cabeza, apenada, y con sonrisa triste les dice: ¡Dios se lo pague!
Carlos García Torres
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