No son regalos comunes, ni elegidos al azar. Son de esos obsequios que le arrancan tiempo al tiempo, que exigen quemarse las pestañas e imponer disciplina, dedicación, poder creativo, imaginativo e indagador. De esos obsequios que llenan cuadernos de tachones, correcciones y que cuesta mucho iniciar, procesar ideas, perfeccionar y que parece un trajinar interminable, pero que hay que ponerle un punto aparte, como una forma de pausa intelectual para luego continuar con ese oficio que escurre los bolsillos, pero que endulza y es gratificante para el alma que siente el alivio de verse despojada de esa pesada carga de no hacer nada o de llevar el deshonroso título de “contrabandista de la vida”.
Aquí están estos fabulosos regalos que los he recibido con inmensa gratitud: El monje que vendió su Ferrari, de la autoría de Robin Sharma, un hermoso obsequio de mi hija Guisella Katherine; Los Griegos: su vida y costumbres de E. Ghul y W. Koner, un obsequio de Marco Tobar; Abecedario Hermenéutico de la Lectoescritura para una educación Exclusiva, Tomo II, de Galo Guerrero; Camino de tierra, de Byron Carrión; El extranjero, de Albert Camus, obsequio de mi sobrino Jorge Max Calderón; Un verso por acompañarme, de Jaime Paredes Tobar; Los presagios de su guitarra, de Luis Antonio Quizhpe y Con el alma de impresor, de Paúl Ramírez.
Qué maravilloso grandioso es recibir de los amigos sus obras trabajadas con aplomo, con la mejor energía, meollo intelectual y, sobre todo, con una rica y nítida substancia humanística para entender que nadie es más de lo que piensa y menos de lo que sueña, pero que cada renglón, cada página, cada capítulo, es un cauce emocional, curioso, interesante, que despierta, anima, conduce y advierte una llegada hacia un puerto mágico, increíble y de suspenso. Es que ahí está el genio del escritor, el asombroso manejo de esos finos ingredientes con los cuales se tejen con maestría las vivencias, los recuerdos, los sueños malogrados y los sueños cumplidos, los senderos recorridos, los saberes compartidos y los propósitos anhelados.
Todos estos libros tienen en común lo que sostiene George Bernard Shaw “La vida no es una vela que se apaga. Es más bien una espléndida antorcha que sostengo en mis manos durante un momento, y quiero que arda con la máxima claridad posible antes de entregarla a futuras generaciones”.
Cuando estamos frente a un vertiginoso e incierto avance tecnológico que no solo intenta quitarnos el derecho a pensar, a informarnos bien, a reflexionar, indagar, crear, obrar y proponer un mundo saludable, alentador y pletórico de ansiados empeños, los libros tienen que seguir siendo la placentera almohada, los grandes maestros del aula, del rincón citadino, de las horas silenciosas, del brindis en familia, del pulmón de una sociedad y de una enseñanza invaluable de vida, capaz de poder construir nuestro cálido refugio, nuestra pequeña y gran casa, tal como Jaime Paredes Tobar describe su más reciente casa, aposento de un tramo sin retorno: “Fue en esa casa-ilusoria y, sin embargo, precisa-donde empecé a escribir mis recuerdos. No como quien redacta un pasado ordenado, sino como quien tantea en la penumbra y va dejando marcas en la pared para no perderse. La casa no me ofrecía refugio físico, pero sí una mesa invisible donde apoyar la memoria y dejarla hablar sin apuros”.
Benjamín Pinza Suárez
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