Política y ciencia

Hay un error muy común e ingenuo que considera a la política como una actividad que depende de la buena voluntad de los dirigentes para que todo vaya bien. Según este criterio, es suficiente con que el mandatario escuche los pedidos de los votantes y los acepte y les dé trámite.

Pero si se quiere realizar una labor política bien hecha y honradamente, no se puede dejar las decisiones a una voluntad que no tome en cuenta los conocimientos sobre el problema, así como una preparación básica y una capacitación personal. Es indispensable, como en cualquier acción humana de estos alcances, saber de métodos y técnicas, de procedimientos, de cuestiones legales y administrativas, de priorizar los recursos, etc.

Imaginemos que a un mandatario que no supiera de economía se le ocurriera emitir millones de billetes para repartir a los pobres del país para que salgan de la pobreza. O que invirtiera ingentes cantidades de dinero para enfermedades no muy comunes, mientras mueren muchos miles de niños y adolescentes con enfermedades que ya han sido erradicadas en otros sitios del planeta. O que se dedicara a construir aeropuertos hasta en lugares de poca población, cuando no hay carreteras para unir pueblos y ciudades con poblaciones más numerosas. Imaginemos que quiere implementar las escuelas y colegios con técnicas obsoletas cuando lo mejor en la actualidad es manejar la informática con todas sus potencialidades y beneficios. O implementar hospitales con camas, aparatos y laboratorios que se usaban hace décadas.

Aclaramos que es necesario la buena voluntad. Pero pensar que solamente la buena voluntad producirá frutos buenos, es coadyuvar a la conformación de un pensamiento colectivo populista y demagógico, tan anhelado por tantos candidatos a dictadores y faranduleros de la política.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com

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