Durante estas semanas, nos hemos sorprendido del nivel de organización de un mundial como el de Qatar. Otro de los países exitosos que se suma a la larga lista de países que nos gustaría imitar. Pero muy poco se habla de todo lo que han vivido este y varios países para llegar a ser esa sociedad ejemplar para el mundo. Qatar y sus restricciones a la libertad. Chile y la dictadura de Augusto Pinochet. Japón y sus crímenes de guerra ocurridos durante el período de expansionismo japonés. Alemania y los crímenes cometidos por el Partido Nazi bajo la dictadura de Adolf Hitler “inspirado” en la raza nórdica a países como Polonia, Dinamarca, Noruega, Bélgica, los Países Bajos, Luxemburgo, Francia, Yugoslavia y Grecia. Australia y la inmigración europea luego de la Primera y Segunda Guerra Mundial. Canadá y su construcción a costa del genocidio de pueblos indígenas. Filipinas y la pena capital a los corruptos. Singapur y la pena de muerte a consumidores de drogas y traficantes en el país.
¡Sociedades ejemplares! ¿Pero a qué costo? Sociedades que vivieron y viven situaciones aberrantes e inhumanas para hoy ser reconocidas y dignas de ser imitadas. Quizá el hecho de haber tenido que vivir ese tipo de situaciones, han “moldeado” una cultura completamente diferente a la nuestra. Una sociedad casi perfecta a la que muchos quieren imitar. Una sociedad que se adaptó y evoluciono. Una sociedad que cede su comodidad, por un futuro mejor. Una sociedad diferente. Una sociedad ejemplo que nos invita a soñar, pero también a darnos cuenta, que los países son lo que son, gracias a su gente y a su cultura. Seguramente la solución no está nada más en imitar estos países, sino en evolucionar como sociedad. ¡Te invito a reflexionar! Como decía el expresidente José María Velasco Ibarra: “¿Queréis revolución? Hacedla primero dentro de vuestras almas”.
Andrés Sigcho
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