Perdón, Sarita

Perdón a ti, y todas las niñas que hoy se han convertido en madres. Perdón a todas quienes han sufrido violencia en su versión más cruda. Perdón, Sarita. Te pido perdón a nombre de todos.

Al escribir estas disculpas, se me cruza por la mente la realidad de Sarita, y de cómo quienes me leen tal vez no sepan quién es ella. Sarita tiene 25 años y es madre de cuatro niños. Sarita fue entrevistada por la BBC, y cuenta cómo la violencia sexual ejercida por su padrastro desde los siete años, por repetidas ocasiones, le arrebató toda la inocencia. Sarita se refiere a sí misma como una mujer vieja, sin nada más por delante, como si su vida hubiera dejado de ser, hace mucho tiempo, portadora de sueños.

Sarita, quedó embarazada producto de una violación a muy temprana edad. Sarita no sabía, ni siquiera, la razón por la que su cuerpo afrontaba los cambios que supone un embarazo. Sarita, como muchas otras niñas, padeció en vida la incontenible amargura de la violencia sexual. Ellas, y sus hijos, las niñas criando niños son el resultado de un estado inoperante. No solamente de ahora, sino del acumulado de años donde la violencia fue percibida como escenario complementario, intrascendente, y poco captador de votos.

Pero, ¿cuál es el papel del Estado en la vida de Sarita? El Estado ecuatoriano tiene en sus manos una situación de tal complejidad que solamente estar a la altura de las circunstancias puede enfrentar el daño. En este sentido, el Estado debe obligatoriamente reforzar el sistema en su integralidad: consolidar políticas públicas viables a fin de contrarrestar la violencia; mejorar los canales de protección inmediata, dirigir responsablemente el presupuesto destinado para prevenir y erradicar la violencia; y, por supuesto recuperar la confianza en la función judicial.

María Verónica Valarezo Carrión

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