En una de esas inmemoriales noches de Arabia Sherezade refirió al Sultán de Samarcanda una extraña cuanto verdadera historia. Sucedió oh gran Sultán, dijo la narradora, que un genio se apareció un buen día ante un poderoso rey de las montañas y le entregó para su servicio una doncella singular. Esta doncella, mi buen Rey, díjole el genio, es capaz de mantener siempre verdes tus campos, siempre abundantes tus cosechas y siempre generosos tus jardines. Pero has de saber que no debe ser tocada por mano humana en forma alguna. Si tal cosa sucediera todo el equilibrio que trae esta doncella a tu poderoso reino se perdería, tus vergeles se convertirían en desiertos y durante los siglos siguientes tus bondadosos y leales súbditos se verían abrasados por la sed. El Rey de las montañas era un hombre racionalista y pragmático y creía más en un buen saco de monedas de oro que en todas las profecías del mundo. Sin embargo, algo le decía que debía cuidar a esa doncella a toda costa. Pasado un cierto tiempo llegó un famoso comerciante de Basora y se prendó de la doncella de virtud. Y así le ofreció una ingente cantidad al Rey a cambio de llevársela consigo. La respuesta real fue terminante: no se toca. Insistió el mercader y le ofreció un mayor cantidad de oro a cambio de las mieles de la princesa por una sola noche. El Rey se mantuvo firme: no se toca. Ya un poco mosqueado el negociante le ofreció aún más riqueza a cambio sólo de explorar el cuerpo de la doncella, con una sonrisa condescendiente el monarca insistió: no se toca. La moraleja del cuento es clara, si la doncella no se toca Fierro Urco tampoco, y por las mismas razones.
Carlos García Torres
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