No aprendimos nada

Todos sentíamos que nada es imposible y que el mundo era irreverente pero invencible. Sin embargo, hace dos años nos dimos cuenta de que el mundo real puede cambiar de la noche a la mañana: nos quedamos encerrados en nuestras casas, la economía colapso, entendimos que las ciudades pueden quedar desiertas y que millones de personas pueden morir en un abrir y cerrar de ojos. ¡Todas nuestras seguridades tambalearon! Y allí es cuando debemos reconocer con humildad que el mundo nos intentó dar un jalón de orejas.

Algunos vieron en la crisis la gran oportunidad para realmente evolucionar como sociedad y cambiar el sistema. Pero seguimos siendo una sociedad que no tiene reparos en dejar atrás a los más desfavorecidos. Una sociedad que critica una de tantas guerras en el mundo, pero que a la vuelta de la esquina es violenta en su diario vivir. Una sociedad enferma, quizás más enferma de lo que ya estaba. La tendencia histórica parece repetirse una vez más: de la crisis del progreso, solo lo se sale mediante un progreso más brutal

Yo pregunto: ¿Por qué nos empeñábamos en volver a la normalidad lo antes posible? ¿Por qué nos afanábamos en añorar los niveles prepandemia? ¿Por qué tenemos miedo a construir una nueva sociedad? ¿Acaso nos olvidamos de las promesas de un mundo mejor? Este mundo no cambiará si es que no le cambiamos el chip a la sociedad en su conjunto. Es un trabajo a largo plazo. Nadie dice que será fácil, pero tampoco es imposible. Lo que deberíamos decretarlo como imposible, es que sigamos actuando como lo venimos haciendo hasta ahora. La última pregunta que me hago es: ¿Qué le dejaremos a nuestras próximas generaciones? A nosotros nos corresponde tomar estas decisiones; y asegurarnos de que sean las correctas.

Andrés Sigcho

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