Mi mejor sueldo

Cuando fui docente del colegio Bernardo Valdivieso, me reuní con los colegas del curso para analizar las calificaciones de los alumnos que estaban a nuestro cargo. En un curso, al llegar en la lista a un estudiante, un docente que estaba a mi lado me dijo, por lo bajo, que había oído que ese estudiante se estaba drogando. Dentro de mí me comprometí a hablar con él.

La oportunidad se presentó a la semana siguiente. Era el momento del recreo y lo vi que salía de otra aula y venía en dirección a mí. Me acerqué y le dije lo que había escuchado en la junta de curso, pero que no quería preguntarle a él, porque no me interesaba tanto saber si era o no verdad, sino que tenía miedo de que se dedicara a la droga. Terminé diciéndole que, si no se estaba drogando, que nunca lo hiciera y que me sentiría tranquilo, pero que, si lo estaba haciendo, que lo deje de hacer lo más pronto posible. Luego me despedí sin saber cuál era la verdad.

Terminó el año lectivo y lo pasó. Luego pasó el tiempo y lo veía en recreo, pero nunca conversamos. Después salió del colegio y nos encontrábamos en la calle y me saludaba. No encontraba manera de saber qué mismo ocurrió.

Cierta tarde, cuando subía a la Facultad de Ciencias de la Educación a dar mis clases, lo vi que venía por mi camino y en el momento de encontrarnos me saludó y tuve la sensación de que quiso detenerse. En realidad, fue así y extendiéndome la mano me preguntó si me acordaba de él. Le dije que sí. Luego me preguntó si me acordaba del episodio. Le dije también que sí. Entonces me dijo: “¿sabe Ud.? yo sí me estaba drogando, pero por sus palabras, nunca más lo hice, y quiero agradecerle”. Dentro de mí, mi corazón estalló en alegría. Terminó diciéndome: “y este viernes me gradúo de ingeniero”. Ha sido el mejor pago que he recibido como docente.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com

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