
En un artículo de Gary Siuffi e Isabela Cañas acerca del suicidio hay un dato que me ha impactado. Dice así: “Según informes de la OMS (2 017), cerca de 800 mil personas se suicidan por año y tan solo el 25 % de quienes lo hacen han decidido buscar ayuda previamente”.
Ante tal escenario doloroso nos preguntamos: ¿Qué motivos (más que “razones”) pueden llevar a que una persona tome una decisión tan radical y tan lamentable a la vez? Y otra aparejada: ¿Podremos hacer algo para evitar un posible suicidio? ¿Cómo?
Para mí, es bastante difícil establecer los motivos que ha tenido esa persona para terminar con su vida, porque muy pocas veces deja una constancia clara de por qué lo hace. Lo que tenemos, más bien, son conjeturas. Sin embargo, esas conjeturas pueden ayudarnos a salvar vidas muy queridas.
Es bueno tener presente que un suicidio no es falta de valentía para enfrentar las adversidades; tampoco es un acto de heroísmo, como lo dicen algunas personas; no es falta de amor a la familia ni falta de motivación. Debe entenderse que el suicidio es un acto de violencia contra sí mismo por una falta de aceptación propia.
Se ha estudiado algunos motivos que pueden desembocar en un suicidio. Puede ser el acoso (de diferente manera que se haga) por parte de personas cercanas. Las dificultades de identidad sexual. La minusvaloración recibida por seres queridos o respetables. La traición y la consecuente desconfianza de personas amadas. Etc. En todos los casos, es importante tener presente la poca libertad y conciencia con que actúan los suicidas. Creyentes y no creyentes somos capaces de amar. Pues bien, para el cristiano, la actitud ante el sufrimiento es la compasión. Debemos ser capaces de salir de nosotros mismos e ir humildes en búsqueda de quien está desgarrado por el dolor.
Carlos Enrique Correa Jaramillo
cecorrea4@gmail.com