
Los tiempos electorales muestran en la superficie el peor rostro de aquello que parecía condenado con la historia. Las viejas disputas, en un eterno retorno, vuelven a hacer más críticas y cruciales las elecciones, donde se entrecruzan lógicas de la cultura y la política. Ni Latinoamérica ni Europa han sido la excepción.
En Chile, por ejemplo, las fuerzas políticas ligadas al pinochetismo ganaron la mayoría de escaños para el Consejo Constitucional. En Estados Unidos, la fuerza movilizadora de Trump engendra los valores racistas, xenófobos y violentos que evoca los peores tiempos americanos de persecución a minorías raciales; su correlato criollo gobernó Brasil con Bolsonaro. El nazismo en Alemania muestra rebrotes realmente temerarios. En España, en las elecciones recientes, partidos con tintes claramente fascistas han logrado altas votaciones. En Francia e Italia han sucedido panoramas similares. En todo el mundo se han levantado siempre barricadas morales contra los grandes enemigos que amenazaban la estabilidad de la sociedad misma. Ni las dictaduras más feroces lograron insuflar sus imaginarios y valores en la mayoría de la sociedad. La resistencia, nacida de la vocación humana de rebelarse e ir a. contracorriente, siempre resguardó con sus ideas y sus acciones la dignidad humana agredida. Sin embargo, hoy, parece que esos nuevos valores e imaginarios violentos, mezquinos y antidemocráticos son asumidos inconscientemente. Vienen implantados de forma blanda a través de la industria del entretenimiento, las nuevas tecnologías, y sus algoritmos, que, en lugar de llevarnos a mejores decisiones, nos empuja hacia lo peor de lo ya sucedido.
Pablo Vivanco Ordóñez
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