En épocas pasadas, el ser humano luchaba por alimentos y su supervivencia se centraba en esa búsqueda. En la actualidad, sucede lo contrario y, si anteriormente la desnutrición era una de las problemáticas a nivel mundial, hoy es el sobrepeso y la anorexia. En Ecuador, el World Obesity Atlas 2025 registra un 30% de adultos con obesidad y un 71% con IMC (Índice de Masa Corporal) alto.
A esto se suma la falsa publicidad sobre la calidad de los alimentos, la mala forma de gestionar emociones y, por ende, caer en el hambre emocional, los exigentes estándares de belleza, los profesionales en nutrición no capacitados para manejar un equilibrio entre un peso saludable y un peso sano física y mentalmente, y el exceso de conteo de calorías, lo cual conlleva a la obsesión por el peso o la fobia a comer, o, por el contrario, la famosa dieta que no se logra mantener en el tiempo.
Desde pequeños, nuestros padres, con la mejor intención, nos obligaban a “comer todo el plato”; esto no ayudó a que nuestro instinto de saciedad se desarrollara. Es más, puede que nuestro cuerpo ni siquiera reconozca ahora cuándo está saciado. Asimismo, nuestras emociones casi siempre fueron calmadas con comida. El famoso “las penas con pan son buenas” era un permiso para comer sin conciencia, en lugar de atender la emoción.
La psiconutrición nos revela que muchas conductas alimentarias se relacionan con la emoción que sintamos, y para ello propone la alimentación consciente (Mindful Eating), la terapia cognitivo-conductual (TCC) y la terapia de aceptación y compromiso (ACT), las cuales permiten aceptar las emociones sin que controlen la conducta alimentaria. Además, se promueve tomar responsabilidad al estar plenamente conscientes de si nuestra hambre y lo que ingerimos proviene de la necesidad fisiológica del cuerpo por comer o del desborde emocional no tratado.
Luz Marina Jimbo Ponce
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