Son días magníficos para Loja. La ciudad se envuelve en una energía singular que se siente en el aire. Los cielos que nos cubren, alternativamente azules o grises, contemplan calles llenas de expresiones artísticas. En una esquina humilde un juglar popular ejecuta su acto con pericia y con ingenio, los niños ríen, los adultos meditan, aun los indiferentes detienen un momento su camino para recibir algo de la esencia vivificadora que emana de cualquier interpretación virtuosa. En los grandes teatros, los actores, los músicos, los poetas consagrados, ofrecen generosamente sus talentos y el público los recibe complacido con cálidos aplausos. En las plazas, los pintores y los escultores deslumbran con sus obras. Estilos clásicos y modernos, tendencias universales o folclóricas, altas labores artísticas cargadas de significados o modestas artesanías cargadas de sentimiento, todas las expresiones del alma humana tienen lugar en esta Loja de noviembre.
Siempre me ha parecido que en la ciudad y la provincia de Loja la misma forma de vida y de relación con los demás tiene algo de arte. Los lojanos de lira y pluma, así como los lojanos de sango y zarandaja (y entre estos últimos tengo el honor de contarme) saben las formas misteriosas por las cuales se crean la amistad, la bonhomía, aquellos lazos perennes que, de cuando en cuando, se renuevan con los acordes de una guitarra, bajo la sombra de una buganvilla, con el olor de las orquídeas y con el calor de un buen aguardiente de caña. La esencia de la lojanidad es inexpresable con palabras. Si usted, amable lector, quiere experimentarla debe sacudirse el polvo del hastío cotidiano y encaminar sus pasos al sur, cuando sienta que su alma vive de nuevo sabrá que ha llegado a Loja.
Carlos García Torres
cegarcia65@gmail.com