La toxicidad de la queja

Podemos describir a la queja como una inconformidad con la realidad, es decir, no aceptar las cosas como son, como han sido o cómo van a ser a futuro.

La queja mal entendida es una forma de intoxicarnos, de autodestruirnos como personas, como familia y obviamente como sociedad. Todos somos responsables de algo, todo lo que pasa en nuestro país, lo bueno y lo malo es nuestra responsabilidad y de nadie más.

En nuestro país existen muchos grupos sociales bien organizados e incluso sólidamente estructurados con el único propósito de quejarse, ya sea contra el gobierno, contra el sistema, contra los otros grupos sociales que piensan distinto a ellos e incluso contra ellos mismos.

Es deprimente el nivel de toxicidad de estos grupos de presión, llámense organizaciones sociales, indigenistas, gremiales y demás, duele ver a estos abusivos decidir quien pasa o quien no pasa en las carreteras, a quien le revientan las llantas de sus vehículos por haber cometido el sacrilegio de pensar distinto a ellos.

Al país le va a resultar muy difícil salir adelante cuando la mitad de la población trabaja y la otra mitad solo se queja, y sobre todo cuando el argumento de los quejosos es que ninguna revolución se hizo con flores y abrazos, y aquí debo reconocer que tienen razón, pues las últimas tres revoluciones, las más fresquitas, la bolchevique, la cubana y la bolivariana se llevaron con violencia millones de vidas humanas.

Cuál fue el argumento para el triunfo de los violentos de aquellas revoluciones, pues sencillo, ofrecieron igualdad, redistribución, subsidios y muchos beneficios sociales, que en su momento enamoraron a las masas.

Pero qué pasó entonces, cuál fue el resultado práctico de estos estallidos sociales, en el caso de la URSS ni siquiera existe como país, Cuba y Venezuela mantienen niveles de pobreza del 90% donde todos son iguales, pero en la inmundicia, deberíamos ser más inteligentes y vernos en estos espejos.

Fredy Cueva Castillo

chazo1970@hotmail.com