La razón derrotada

Un ministro de Estado, frente a la amenaza del fenómeno de El Niño, ha dicho, literalmente, que “hay que pedirle a Dios que deje de llover, y hay que pedirle a Dios que El Niño, si viene, venga suave…Venga en condiciones normales”. Don Carlos Julio Arosemena, al tenor de lo dicho, le hubiese respondido que ellos “se cargarán a la República del Ecuador, por más que esté consagrada al Corazón de Jesús, y desde los cielos esté protegida por Santa Mariana de Jesús”. El señor ministro debería dejar de mentar nombres que en su boca parecen mentirosos, y debe dejarles esa función más noble a quienes lo hacen cotidianamente y en silencio.

Todo ello parece sintomático, muestra de una enfermedad más grande. Parece que los siglos de pensamiento, incluso el de las luces, pasaron inadvertidos por sus lares. Los políticos nacidos de las entrañas del dinero, tienen, casi siempre, una conmiseración vergonzosa con la gente. La miran con desdén, aunque intenten ocultarlo, y a veces le quieren hablar como hablan ellos, sin lograrlo, porque la sazón popular hace que todo se haga con mayor gracia, cosa que a los políticos les falta. Es más, ya han perdido la vergüenza, porque lo hacen y se regodean como si fuese un logro inadvertido. No son ligerezas que deben dejarse pasar.

Son tiempos electorales, y hay que estar más prestos a escuchar con detenimiento lo que dicen y las formas en que lo hacen. Hay que dejar de subirnos a los hombros de – como se ha dicho en esta misma página – “rambos criollos, guapos del barrio, denunciólogos,” o los hijos predilectos del pater familias de los partidos políticos.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco@gmail.com

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