Los políticos, quedan, casi siempre, atrapados en las coyunturas, en las respuestas inmediatas, reparativas; prefieren el mantenimiento de lo existente.
Hay elementos del mundo social que necesitan ser vividos con intensidad, que necesitan ser insuflados por una voluntad común que permita juntar las sensaciones y la memoria alrededor de una misma causa.
Dos señas para una misma idea: la tragedia de la pandemia, y la alegría de los triunfos olímpicos. Los muertos necesitan ser llorados, y las vidas necesitan ser festejadas. Hay en medio del llanto profundo y de la alegría sincera, una voluntad humana de convertir en acontecimientos verdaderos los simples hechos de la existencia. Se convierten en rituales, y es cierto que hay una necesidad de ellos. Se deben llorar los muertos para que estos no reposen fríos en el piso del olvido, y se deben hacer de los triunfos verdaderas gestas para que no sean simples ferias de calendario. Sacarlos del mundo íntimo y voltearlos sobre una arena común, hace que se intensifique una vivencia que descubre una naturalidad inexplorada.
La ritualidad rompe con la linealidad del tiempo, inaugura lo extraordinario, le pone pausa a la legalidad, a la moralidad, al convencionalismo, a los corsés que imponen una postura y un rictus inamovible. Son ritualidades que deben ser promovidas, o por lo menos, secundadas por la capacidad de la institucionalidad común.
A la política también le incumbe la estética, la belleza, la fiesta y el arte, porque son expresiones de lo humano que en la cotidianidad no siempre se despliegan.
Pablo Vivanco Ordoñez
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