En los años setentas y ochentas del siglo pasado se estableció, en los Países Bajos, un debate con el objeto de crear una ley que considerara la posibilidad de quitarles la vida a personas de edad provecta, que estuvieren con alguna enfermedad terminal y que declararen que deseaban que se les quite la vida.
En 1 994 se aprobó una ley provisional. Luego, en 2 002, se aprobó una ley definitiva.
Desde entonces, la cantidad de casos se ha elevado exponencialmente. Y las restricciones y consideraciones que constan en la ley y que, por lo menos, deberían tomarse en cuenta, se las va pasando por alto poco a poco, de tal manera que quienes van llegando a edades avanzadas, sienten un temor enorme a ser eliminados en cualquier momento.
Quienes estaban a favor de la vida y en contra de la eutanasia, habían adelantado ya estas situaciones inquietantes a las que se llegaría.
Porque cuando el respeto irrestricto a la vida se lo pospone por otros intereses, ya no importa acabar con ella fácilmente, aduciendo “razones” que, generalmente, solo sirven como pantalla para tapar esos intereses. ¡Cuántas ocasiones se ha presionado al médico para que acepte aplicar la eutanasia, solo porque con esa forma se lograría tener una mejor herencia en esos precisos momentos! ¡O porque con ello se librarían algunos familiares de atender al enfermo en sus necesidades!
¡Igual que, en este nuevo milenio, no se respeta la vida del ser que empieza a vivir, tampoco se valora la del que ha llegado al final de la misma!
El respeto a la vida humana no debe estar sujeto a consideraciones de ningún género o especie. Simplemente, deberíamos respetar lo que naturalmente deviene, sin topar la dignidad que tiene cada ser humano. La transgresión a este respeto nos convierte en seres inhumanos prontos a acabar con los demás.
Carlos Enrique Correa Jaramillo
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