La democracia en terapia intensiva

Por estos tiempos, la palabra democracia parece seguir siendo un lema bonito, útil para discursos y campañas, pero cada vez más vaciado de contenido real. Lo que se presenta como libertad de elección y participación popular, muchas veces oculta una maquinaria bien engrasada por el poder económico, mediático y digital, que manipula la información, polariza a la sociedad y domestica las conciencias.

En Ecuador y en gran parte de Latinoamérica, vivimos una profunda descomposición del tejido democrático. No porque no votemos, sino porque el sistema ha sido capturado por élites que han hecho de la política una extensión de sus intereses financieros. El Estado, reducido a mero administrador de la deuda y la seguridad, se muestra incapaz de garantizar derechos y, mucho menos, justicia. Y mientras tanto, los grandes medios de comunicación, que deberían vigilar al poder, actúan como voceros de quienes los financian. Fabrican consensos, distorsionan la realidad y encubren injusticias.

En este escenario, las redes sociales, en lugar de democratizar la comunicación, han potenciado el aislamiento ideológico. La gente vive encerrada en burbujas donde solo escucha lo que quiere oír. El que piensa distinto ya no es un interlocutor, sino un enemigo. Así, desaparece el diálogo, y con él, la posibilidad de una convivencia democrática.

La ultraderecha crece, no solo por sus discursos de fuerza y orden, sino porque se alimenta del miedo, del desencanto y de una ciudadanía desinformada. Nos encontramos ante una nueva forma de fascismo, más disfrazado, pero igual de peligroso. Aun así, rendirse no es opción. Desde cada aula, plaza, red o medio independiente, hay que seguir defendiendo la democracia con sus principios esenciales: justicia social, respeto a la diversidad, ética pública y dignidad humana. No por nostalgia, sino por convicción y futuro. Porque sin democracia real, no hay libertad posible.

Álex Daniel Mora Arciniegas

alexmorarciniegas@gmail.com

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