A lo largo de la historia, los peores crímenes y atrocidades se han cometido muchas veces en nombre de la religión. Desde guerras sagradas hasta persecuciones injustas, se ha usado la palabra de Dios como excusa para dañar, someter y juzgar al prójimo. Esta contradicción histórica sigue viva hoy en una escala más pequeña y cotidiana: en aquellas personas que asisten a la iglesia cada semana y se muestran muy devotas, pero que en su vida diaria actúan con egoísmo, maldad y desprecio hacia los demás, usando la fe únicamente como una máscara para esconder sus malas acciones.
Ir a la iglesia es un hábito positivo para millones de personas, pero no es una garantía de buena conducta. Existe un grupo de asistentes que usa la religión solo como una pantalla. Para ellos, sentarse en una banca cada semana no es un acto de fe interna, sino una forma de comprar respeto y aprobación de los vecinos. En psicología, esto se llama religiosidad por conveniencia. Estas personas no buscan cambiar su corazón; buscan que la sociedad los vea como ciudadanos ejemplares y limpios de culpa.
El verdadero problema aparece cuando se cierran las puertas del templo. Fuera de la iglesia, estas mismas personas a veces actúan con egoísmo, desprecio o crueldad hacia los demás. ¿Cómo lo justifican? Su mente utiliza un truco: creen que cumplir con el ritual (rezar, cantar o dar dinero) borra automáticamente sus malas acciones de la semana. Separan la religión de la vida real. Sin embargo, la verdadera espiritualidad no se nota en el traje que se usa el domingo, sino en la forma en que tratamos al prójimo el lunes por la mañana.
Luis Fernando Pilco Peñaherrera
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