El lenguaje de nuestro tiempo tiene el color del dinero (fácil) y la sangre, de la fama y el lujo, de la opulencia material y la vacuidad espiritual. Son tiempos de contrastes absolutos, de paradojas y de endogamias peligrosas. Existe un vínculo —que aún se pronuncia en voz baja— entre el dinero generado en las sombras y las fortunas de quienes buscan la ganancia exponencial a toda costa.
Pongámosle nombre: lumpenburguesía. «Lumpen» alude al estrato social más degradado, que recurre a cualquier mecanismo para sobrevivir. «Burguesía», en cambio, designa a un estrato social acomodado. La fórmula que los une describe a quienes hoy amasan fortunas, promocionan el lujo y la excentricidad, cuyas raíces se hunden en la ilegalidad, la estafa, el contrabando y lo turbio.
No se sitúan, como podría suponerse, en los márgenes del mundo social, sino en la dinámica activa de nuestros días. La criminalidad inserta en la clase política oculta delitos en las altas esferas, corrompe todo lo que puede interrumpir sus intereses, hace públicas sus deudas privadas, redistribuye las pérdidas, condona sus propias deudas, evade impuestos, utiliza al Estado para blanquear dinero, reproducir su capital y consolidarse como exitosos y ejemplares. Están gobernando en el mundo, se multiplican en todas partes.
Mientras tanto, saturan las redes sociales, influyen como modas y generan espectros de su decadencia maquillándose con filtros. Todo esto florece en la oscuridad porque el brutalismo social se ha vuelto norma. En contextos de alta mercantilización de la vida y de las relaciones sociales, todo se vende y se compra: la virtud, la moral y la decencia se han convertido en objetos de intercambio. El dinero, esa «alcahueta universal de los hombres y los pueblos», ha mancillado incluso lo que un día se creyó sagrado.
Pablo Vivanco Ordóñez
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