Hablemos de lo absurdo

Otro año ha acabado, y pese a las expectativas del nuevo año, los festejos, la comida, la familia y demás, todo sigue igual. “Sin Drácula escalando el Pirulí, ni marcianos cruzando la frontera” diría Sabina. Esa sensación, que estoy seguro muchos compartimos, me atrevo a decir es por lo absurdo de la vida.

Lo absurdo es difícil de describir, y más aún casi imposible comprender si antes uno no se ha hecho la pregunta del “¿por qué?”, básicamente por qué estoy aquí y por qué hago lo que hago. Usemos ejemplos: la forma cómo vemos la vida cotidiana se puede reducir a comer, estudiar/trabajar, comer, dormir, repetido de cinco o seis veces por semana, una rutina netamente mecánica hasta que un día nos preguntemos “¿por qué?” y la respuesta, para Camus al menos, puede ser el suicidio o el restablecimiento (temas para otra ocasión).

Otro ejemplo, tal vez más perverso, es cuando hacemos una obra, un trabajo propio, una creación única sobre la cual hemos puesto empeño y dedicación, y al completarla sentimos que hemos hecho algo de verdad importante; sin embargo, después de verlo detenidamente o con el tiempo, ya no nos gusta o incluso lo odiamos. Eso es lo absurdo.

Nadie puede escapar a lo absurdo, es parte de la vida. Más no todo está perdido, y es el mismo Camus quien nos da un consuelo: El mito de Sísifo. Aquí se nos cuenta cómo el rey Sísifo desafió a los dioses y, a manera de castigo, fue obligado a subir una piedra a una colina para después dejarla caer, repitiendo el ciclo por la eternidad. Para Camus todos somos Sísifo subiendo y bajando la piedra, eso no lo podemos cambiar, lo único que podemos cambiar es nuestra actitud hacia eso, y ahí radica el secreto: disfrutar de lo absurdo.

Juan Andrés Bravo Villacís

@JabravoV

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