Aunque su poder —blando y sofisticado— sea cada vez más enajenante, la propaganda no puede sustituir por completo ni la realidad, ni la conciencia. El mundo material y concreto tiene una voz que no se apaga, y cuando esa voz se convierte en grito, por más regímenes de encubrimiento y de silencio, los ecos terminan por colarse para dejarse oír en el mundo. La propaganda tiene sus límites, pero la realidad la rebasa y es más contundente.
La agenda política de nuestros días está marcada por el paro, que no es un efecto espontáneo ni de generación automática: no es una causa, es un efecto que se expresa luego de acumulaciones históricas, de discriminaciones añejas, de un desprecio por lo popular. La pobreza in crescendo, impuestos al alza, la canasta básica más cara, la vida en una ruta indetenible de precarización, y un gobierno que solo escucha sus propias voces, negándose a la caótica realidad que le corresponde gobernar atendiéndolos, no combatiéndolos. Es inevitable pensar en la “demonización de la clase obrera” que se expresa en el desprecio por los trabajadores, por las clases populares, por quienes siempre han estado excluidos.
Es bien conocido que a la historia la cuentan los vencedores. Hoy pretende consolidarse un relato de los vencedores, que es despectivo, estigmatizante, y denigrante para quienes en ejercicio de su propia indignación reclaman, resisten y exigen que se los escuche. Aunque se agreda a periodistas, se los amedrenta, aunque pretende endilgarle todos los males a quienes los padecen, aunque las vocerías maquillen lo que pasa en el país, hay un grito que no cesa.
Pablo Vivanco Ordóñez
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