La noticia recorrió Ecuador como pólvora: José Adolfo Macías, alias “Fito”, líder de Los Choneros y símbolo del crimen organizado, fue recapturado tras seis meses de fuga. El gobierno festeja, la Policía posa para las cámaras, y muchos respiran aliviados. Pero detrás del titular, el país sigue atrapado en un círculo vicioso más profundo que la detención de un solo hombre. La historia de Fito no es solo la de un narcotraficante; es la de un sistema que por décadas permitió que figuras como él crecieran dentro y fuera de las cárceles, protegidas por la corrupción, la impunidad y la desigualdad social. Su escape en enero no fue casual: fue la muestra de cómo las estructuras del Estado son vulneradas por redes criminales que han aprendido a moverse mejor que las propias autoridades. Ahora, tras su recaptura, el gobierno intenta imponer un relato heroico, negando negociaciones o entregas pactadas. Sin embargo, la ciudadanía no olvida los meses de terror vividos: motines, atentados, secuestros y un Estado que declaró “conflicto armado interno”, reconociendo, aunque sin decirlo abiertamente, que perdió el control. Hoy, la extradición de Fito a Estados Unidos está en boca de todos. Muchos la ven como una solución rápida, una forma de quitarse un problema de encima. Pero el dilema va más allá: ¿acaso entregar a Fito eliminará el tejido delictivo que dejó sembrado? ¿O simplemente será un cambio de escenario mientras otros ocupan su lugar? Detrás de esta captura hay jóvenes atrapados en la pobreza, barrios controlados por mafias, y una sociedad que aún no encuentra una salida a su propia violencia estructural. Ecuador no necesita solo capturar capos. Necesita rescatar su dignidad institucional, ofrecer oportunidades a quienes hoy ven en el crimen la única salida, y construir un sistema de justicia que no dependa de titulares de prensa. Porque cuando un país celebra la captura de un hombre sin preguntarse cómo llegó a tener ese poder, el verdadero prisionero sigue siendo el pueblo.
Marco A. González N.
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