Feria electoral

En el capitalismo todo se vuelve una mercancía. Las personas y las cosas son objetos de intercambio, de los cuales siempre se espera una ventaja que pueda ser medida y valorada en beneficio económico. Los trabajadores, en cualquiera de sus categorías: desde los de trabajo manual hasta el de las ideas, venden su energía que pone a andar una producción. Las cosas se hacen para venderse, aún aquellas que han sido hechas para ser admiradas, incluso los objetos de culto.

La política, tan poco metafísica, mundana, tampoco puede escabullirse de esa lógica enajenante de compra-venta permanente. Hay consumidores desprevenidos, interesados, curiosos, noveleros, y costumbristas. Y hay también quienes venden candidatos: vitrinas que exponen a sus mejores cuadros, etiquetas, y todos decorados desde su fachada y sus ideas. Todo se reviste diferente para lograr capturar al comprador.

Cuando las ideas y las personas entran a un juego, que lejos de ser democrático empieza a ser un juego de valores -tanto tienes, tanto puedes mejorar, tanto puedes captar-,  la política como la destinada a trabajar sobre los conflictos comunes existentes, se difumina, y todo ideal real se vuelve mercancía, y todo candidato se moldea para adquirir cualquier forma y cualquier color.

El juego electoral, en esos términos, no es democrático. Los candidatos de hoy deben ganar unas elecciones, y dispondrán de sus estrategias para lograrlo, pero deben hacerlo alejándose de la forma más elemental de la compra-venta, sin sacrificar la ideología, sin esconder la matriz de pensamiento de la que provienen, sin ocultar sus preferencias. Todo político debe tener una columna vertebral de ideas, que sostienen todo proyecto que intenta levantar. A la hora de hoy, hay muchos poliformes, invertebrados y con músculo falso.

Pablo Vivanco Ordoñez

pablojvivanco@gmail.com

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