Ética política

El maquiavelismo político reinante en nuestras sociedades afirma junto con Cósimo de Médicis que “no se gobierna a los Estados con el Pater Noster”; con Mao que “La revolución es un acto de violencia, es la acción implacable que destruye el poder de otra clase; puede decirse que la política es una tremenda guerra sin derramamiento de sangre, y que la guerra es una política con derramamiento de sangre”; con Charles de Gaulle “la política no es en modo alguno cuestión de virtud y de caridad, la perfección evangélica no conduce al poder. Resulta imposible concebir un hombre de acción sin una buena dosis de egoísmo, de orgullo, de dureza y de astucia. Pero todo esto se le perdona, es más, su figura alcanza mayor esplendor si los transforma en medios para realizar grandes empresas”. Debemos apartarnos de este maquiavelismo político que ha traído el fracaso y peligro a nuestros pueblos, por eso afirmamos con el poeta alemán Friedrich Hölderlin que «donde hay peligro, crece también lo que salva», ahí donde está el fracaso ahí también está la esperanza (y también la Esperanza con mayúscula). Por esta razón ponemos nuestra esperanza en la implementación de una ética política que tenga una función de higiene pública mental; que permita la construcción del bien común; que entienda a la política como el acto de salir a la calle para intentar trasformar la realidad para mejorarla. Esta ética política dice que todos estamos comprometidos, embarcados, implicados responsablemente en la construcción de comunidades virtuosas. La abstención es ilusoria. Hay que tomar en cuenta que se implica menos el gallo con su kikirikí (palabras, palabras, palabras), que la gallina que pone sus huevos (por lo menos da algo de sí a los demás); en cambio se implica más el cerdo que da su vida para que los demás puedan disfrutar de su tocino.

Jorge Benítez Hurtado

jabenitezxx@utpl.edu.ec

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *