El circo

El aire cambia cuando el circo llega a la ciudad. Los niños y los adultos se emocionan frente a la diversión que promete el espectáculo que brindan los domadores, los equilibristas, los payasos. El paisaje urbano vibra con los carteles de colores, la carpa y las banderas. Con tales augurios sabemos que se avecinan tardes y noches de ilusión y de alegría. Por desgracia la temporada circense no es muy larga. Llega el momento en el que los artistas deben cargar con sus fierros y enfilar por el camino de regreso a sus lugares. Los ciudadanos debemos asumir nuevamente nuestras rutinas grises. Sin embargo, en medio de la melancolía que nos invade, aparece el anuncio inesperado de una elección cercana. Las luces vuelven a encenderse, el escenario público recobra su color, las perspectivas de un espectáculo divertido aparecen en el horizonte cotidiano.

Y ahora los colores circenses nos parecen de gran seriedad frente a los emblemas partidistas. Las actitudes graciosas de los payasos son graves y circunspectas si las comparamos con los muchos malabares y con las sorpresivas declaraciones que realizan algunos candidatos. Los trapecistas que surcan el aire sin redes que los amparen son apenas pálidas imitaciones de esos personajes marginales de la política cuyos cargos y vidas dependen de la benevolencia de los financistas de las campañas. Los esfuerzos de los equilibristas se nos antojan infantiles frente a las maniobras delicadísimas con las que nos deleitan los dirigentes de esos “frentes de independientes” que amanecen en la izquierda y anochecen en la derecha. El arrojo de los domadores de leones palidece frente al férreo dominio que los grandes jerarcas de la política ejercen sobre sus súbditos. Hasta tal punto impera tal dominio que, en nuestros días de pan y circo, figuras políticas que ayer parecían verdaderos reyes de la selva, se han trasformado en tristes acólitos que siguen la procesión del poder. Frente a nuestras pantallas los vemos desfilar humildes, cabizbajos, vencidos. Para aligerar su humillación de rato en rato sueltan alguna ocurrencia que divierte al público. Y todos nosotros, restituidos al reino de la alegría, nos unimos con entusiasmo al circo que renace.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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