El poder del servicio

Cada vez menos gente quiere asumir la condición de servidor para con el prójimo, parece que el estar al servicio de alguien humilla. El diccionario dice que servir significa ser esclavo o mejor aún estar al servicio de alguien. De ahí el apotegma famoso: «El que no vive para servir, no sirve para vivir». Desde las tempranas edades se debe enseñar al niño a servir a los demás y no a ser servido, solo así cuando sea adulto aprenderá a valorar a quienes le sirven. El servicio requiere de un principio: servir a los demás con prontitud y agrado. No hay parábola más ejemplarizante de servicio que la del buen samaritano: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y lo asaltaron unos bandidos; lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándolo medio muerto. Coincidió que bajaba un sacerdote por aquel camino; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Lo mismo hizo un clérigo que llegó a aquel sitio; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de viaje, llegó a donde estaba el hombre y, al verlo, le dio lástima; se acercó a él y le vendó las heridas echándoles aceite y vino.; luego lo puso en su propia montura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó cuarenta pesos y, dándoselos al dueño de la posada, le dijo: ‘Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta’» (Lc. 10, 30-35). Es el gozo de servir que hace a la persona un ser agraciado, que siente gusto por ser un servidor, además se siente agradecido por la experiencia de servicio que ejerce. No faltará por ahí el Narciso tramposo que solo se sirve a sí mismo; o el rencoroso legalista que solo sirve a los suyos, a sus familiares, amigos, su grupo, casta o gremio; es mejor el altruista que dice que mi servicio alcance a toda la humanidad (eso sí, sin megalomanía). En definitiva, solo quien sirve a los demás se sirve a sí mismo. 

Jorge Benítez Hurtado

jabenitezxx@utpl.edu.ec

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *