El mal no existe

Decíamos en otra ocasión que no es lo mismo una opinión que un conocimiento. Y que toda opinión debe ser respetada, aunque no obligatoriamente aceptada.

La diferencia estriba en que la opinión puede ser engendrada por impresiones primeras, por subjetividades, por falsas percepciones, por ignorancia de los hechos, etc. Mientras que el conocimiento es el resultado de haber confrontado esas primeras impresiones con los hechos, de tal manera que podemos estar más seguros de que estamos más cerca de la verdad.

Al no distinguir estas diferencias, podemos caer en errores de los que podemos lamentarnos después. Veamos, por ejemplo, el caso de que alguien opine que agitando sus brazos, como los pájaros, puede volar. Si hace la experiencia desde una altura de un metro, los resultados no serán muy lamentables. Pero si se empecina en hacerlo desde el borde de un edificio, tendremos que lamentar los resultados.

Actualmente, especialmente en este último milenio, en que deberíamos haber aprendido algo de estas diferencias, hay quienes todavía siguen opiniones como que fueran verdaderas y tratan de vivir y, más aún, obligar a los demás a que vivan con estas opiniones. Tal es el caso de opinar que no existe el mal absoluto: lo que es bueno para alguien es malo para otro y viceversa.

Empero, esas mismas personas admiten que no se debe permitir que un loco, con poder para exterminar a la humanidad, lo haga; o que se destruyan todos los bosques de la tierra. Porque están convencidas de una verdad: que esas acciones son totalmente dañinas. En el fondo de su ser, perciben que algo anda mal en dichas acciones; luego, desorientadas por alguien que dijo una verdad a medias, persisten en su opinión y esa opinion es muy peligrosa porque de ella se derivan acciones que tantas tragedias han producido.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com

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