No podemos concebir una asamblea de parlamentarios sin tener como eje transversal de su tarea la dialéctica; esta es una práctica metodológica de los debates y controversias filosóficas cuya característica central es la confrontación de dos ideas para dar como resultado una propuesta de ley, acuerdo, resolución o exhorto. Los pensadores antiguos la definían como el arte de la discusión, una actividad del pensamiento que consistía en comparar tesis contradictorias.
No obstante, de nuestros asertos, lamentablemente, en nuestro parlamento, un sector desea conservar el circo y la charanga; la vocinglería y el desprecio a la palabra, irrespetando la majestad del recinto legislativo y ofreciendo las espaldas a las ideas, a los principios, a los valores. Dice José Martí: […] “El hombre no se hace en el silencio, sino en la palabra; en el trabajo, en la acción y en la reflexión; el diálogo implica un encuentro de hombres para la transformación del mundo; por lo que se convierte en una exigencia existencial.” […] Estas conductas antidemocráticas y pueriles, simplemente reflejan la falta de formación y el sometimiento a prácticas viscerales propias de los anarquistas y los frustrados intelectuales.
El debate parlamentario basado en las ideas resulta esclarecedor para explicar las decisiones políticas adoptadas en periodos de incertidumbre o tras una crisis como la que vivimos todos los ecuatorianos. En esos momentos de agitación, las prácticas golpistas pueden ponerse en tela de juicio, creando espacio para que surja el caos y la incertidumbre. Por ello se hace necesario nuevas ideas que pueden remodelar la percepción de los intereses y allanar el camino para nuevas políticas o instituciones. Por ejemplo, tras una crisis económica, pueden surgir nuevas ideas sobre la regulación económica, el papel del Estado o la distribución de la riqueza, que den lugar a cambios significativos en la política económica. Del mismo modo, tras una crisis social o política, las nuevas ideas sobre justicia social, gobernanza o derechos humanos pueden cuestionar los intereses establecidos y provocar cambios institucionales.
También es importante señalar que las ideas no se difunden de forma automática o inevitable, sino que a menudo son promovidas activamente por los actores políticos -nuestros Asambleístas- los movimientos sociales u otros grupos que buscan dar forma a la agenda política; para que entienda y cambien de actitud, les deseamos: …buen viento …y buena mar.
Lenin Paladines Salvador
leninb14paladines@gmail.com
Tomas Sowell define a los «intelectuales» como «…personas cuyo trabajo empieza y termina con ideas. Es una ocupación, más que un título honorífico, y no implica nada sobre el nivel mental…». Así que no necesariamente lo propuesto por las «mentes lucidas» de la patria es irrefutable. Sowell atribuye a los intelectuales la difusión de los nostrums de lo que denomina «igualdad fingida». La «igualdad imaginaria» genera hostilidad y resentimiento entre los distintos grupos. La envidia se convierte en la ideología social y política dominante.