En la sierra ecuatoriana ha iniciado un nuevo período escolar lleno de sueños que no conocen límites. Pero, junto a este renacer académico, llegan también noticias que nos estremecen: jóvenes incriminados en delitos, armas y drogas encontradas en colegios, y, como herida que no cicatriza, el asesinato de una estudiante en Manta cuando apenas ingresaba a clases. Estas “crónicas rojas” son espejos que nos devuelven una imagen de lo que hemos descuidado como sociedad.
Educar no puede ser entendido únicamente como el acto de transmitir información, de llenar mentes como recipientes vacíos. Paulo Freire lo advirtió con lucidez: “La educación no cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo.” Y para que esas personas sean agentes de transformación positiva, no basta con memorizar fórmulas o repetir teorías. Necesitamos sembrar en ellas la raíz más profunda, los valores.
Saber discernir entre lo bueno y lo malo, entender que nuestros derechos terminan donde comienzan los de los demás, reconocer en el otro a un semejante digno de respeto: todo ello constituye la base de una ciudadanía que no se reduce a títulos profesionales, sino que se erige sobre la ética cotidiana. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, lo expresó con claridad: “El fin de la educación es formar ciudadanos capaces de juzgar con rectitud y de actuar con justicia”.
Porque solo siendo buenas personas podremos llegar a ser buenos profesionales. De nada sirve un médico brillante que desprecia la vida, un abogado erudito que pisotea la justicia o un docente culto que olvida la empatía. La tarea es inmensa y empieza hoy, en cada escuela, colegio, universidad y en cada hogar, donde debemos recordar que el conocimiento sin valores es un arma tan peligrosa como la que muchos jóvenes ya llevan oculta en sus mochilas. Educar en valores no es un lujo del pasado, es la urgencia del presente. Y quizá la única esperanza de un futuro diferente.
Lucía Margarita Figueroa Robles
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