Jugamos permanentemente con la memoria y el olvido. Somos seres que dependemos de los recuerdos, pero en ocasiones decidimos prescindir de ellos. Nuestra educación asienta sus principios en el presupuesto de que seremos capaces de recordar lo que se nos ha enseñado. La confianza que tenemos en el funcionamiento de las cosas, del cuerpo, y de las palabras, hace que podamos vivir colectivamente.
Los rituales, acontecimientos con los cuales celebramos nuestras fechas festivas, tienen un corazón que les otorga la razón de ser. En nuestra región —con historia de tan estrecho caminar con la religión— las festividades tienen un trasfondo litúrgico; su razón de existir deviene de esa matriz de lo sagrado. Con el tiempo, las fiestas religiosas transformadas en acontecimiento profanado, trastocan la narración primigenia. Esa difuminación del ritual sagrado contagia al desarrollo de lo social y político.
La razón de ser de los fenómenos que vivimos hoy, ha sido rebasada por nuevas lógicas, como la mercantil, la económica o la pseudo política. Sabemos por la memoria que los acontecimientos nacieron por y para algo, pero preferimos montar un nuevo sentido que desvirtúa el origen. Olvidamos intencionalmente, por ejemplo, que no necesitamos una persona que lo resuelva todo, pero preferimos, a conveniencia, nombrar a alguien. Olvidamos que las elecciones se deben dirimir en ideas, y que nuestros candidatos no son siempre los mejores. Olvidamos siempre, porque sabemos que recordar lo que verdaderamente es importante, quizá nos relegue del protagonismo.
Pablo Vivanco Ordóñez
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