La cultura salva muchas veces de la locura y el sinsentido, del hastío, de la positividad, pero también del encierro de los totalitarismos, de la ceguera de los fanatismos, del ensimismamiento de los pródigos. Acude siempre como mano extendida para acelerar las transformaciones unas veces, otras para acentuar lo existente, o también para matizar, maquillar, o encubrir. Puede salvarnos o condenarnos. Así como la política, es el lugar en el que nos encontramos todos, sin excepciones, y por eso se vuelven tan importantes, aunque poco nos detengamos a pensarlas.
La cultura es siempre un producto de la actividad humana, y en un amplio sentido del término está estrechamente vinculada con la libertad porque es el sustrato que le permite su despliegue, es el elemento que le permite ir fabricando las ideas, las herramientas y los sentidos con los que hacer su propio mundo.
Sin caer en reduccionismos que hacen angosta la dimensión de la cultura, es importante que en nuestra ciudad —cuya historia está marcada por la huella de eso que llamamos cultura y de la que nos preciamos ser su capital— se planteen discusiones sobre ella, sobre su potencia humanizadora, su historia llena de conquistas y derrotas, sus conflictos actuales frente a las transformaciones del mundo, su función esperanzadora, en fin, sobre su función política y humana para los nuevos tiempos.
No hay que usarla solo como instrumento del turismo, del embellecimiento de la ciudad, del dinamismo económico, del eslogan marketero. No solo es el arte, la fiesta, el espectáculo, los museos y las galerías. Está en las ideas con que encaramos el futuro, en nuestra relación con la naturaleza y el vecindario. Es tan local como universal, y eso hace que sea difícil de aprehender, y quizá ahí radica su verdadero vigor.
Pablo Vivanco Ordóñez
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