(…) Fue en esta misma etapa [la colegiala] que empecé a visitar las librerías de la ciudad en el intento de adquirir obras. Entonces mi padre fue el gran aliado y patrocinador. Recuerdo que a mi colegio llegaba el agente del club de lectura de Grupo El Comercio y ofrecía libros, con financiamiento directo, a los profesores. Con el respaldo de uno de ellos, adquirí unos cuántos que fueron costeados por mi padre. Algunos títulos que recuerdo y que aún conservo fueron Madame Bovary, de Flaubert; Viaje al centro de la tierra, de Verne, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda, un conjunto de Diccionarios de la Lengua… Al mismo tiempo, recuerdo que en la entonces icónica Librería Kleinigkeiten compraba algunos libros y “separaba” otros para retirarlos a fin de mes. Todo esto gracias a la generosidad de mi padre que nunca se negó. De ahí que, con el transcurso de los años, he tenido el honor y el gusto de continuar alimentando la biblioteca gestada inicialmente por mi madre. Y seguramente lo haré hasta poco antes de que la muerte se haga presente. Quienes me conocen, saben que no solo tengo un enorme gusto por la lectura, sino un amor inalterable e incorruptible por los libros. Para mí no son meros objetos, sino seres generosos, almas sagradas que se mantienen incólumes. Es casi indescriptible el sentimiento que brota cada vez que los tengo en mis manos para leerlos, revisarlos o simplemente admirarlos. Placer que busco todos los días, salvo situaciones excepcionales que me lo impidan. He ahí la razón de estas líneas que honran a aquellos seres que, paradójicamente, pueden salvarnos de un abismo para lanzarnos a otro. Hermosa esta paradoja, la de los libros. (2/2).
José Luis Íñiguez G.
joseluisigloja@hotmail.com