El Ecuador se desangra. Las noticias de muertes violentas, secuestros, atentados, desapariciones, extorsiones, robos y otras expresiones del delito, inundan los noticieros del país. Y lo preocupante de ese escenario desalentador no solamente es la falta de acción de las autoridades de gobierno para combatir con firmeza y determinación al crimen organizado, sino la actitud de mucha gente que ya ni siquiera se inmuta frente a lo que sucede y casi que estos hechos se los incorpora al paisaje cotidiano.
Las estadísticas hablan de una realidad que, de no mediar acciones inmediatas, se agravará aún más. Recordemos que en el año 2022 se registró un total de 25,5 muertes por cada 100.000 habitantes, en tanto, en el 2021, este indicador fue de 13,7, lo cual implica casi la duplicación de los eventos violentos. Hasta mediados de marzo 2023, sólo en la zona 8 que incluye a Guayaquil, Durán y Samborondón, los asesinatos ya superaron los 430 casos.
De su parte, la ciudad de Guayaquil que en el 2021 ocupó el puesto 50 entre las ciudades más violentas del mundo, en el 2022, escaló 26 posiciones y ya se ubica en el numero 24 a nivel planetario.
Lamentablemente, se trata de una lucha entre David y Goliat, con una delincuencia que incluye al narcotráfico, armada hasta los dientes, en tanto la Policía Nacional, jugando el papel de David, pero esta vez sin honda, hace sus mejores esfuerzos, sin contar con el suficiente armamento, chalecos, cascos, patrulleros y cuarteles. A esto se agrega el accionar opaco de ciertos operadores de justicia que se encargan de diluir el trabajo que hace la fuerza pública de someter a los delincuentes ante la autoridad.
Además, se suma la paupérrima gestión de un secretario de seguridad que ha sido incapaz de articular la política pública en ese sector, provocando que Goliat gane cada vez más terreno.
Giovanni Carrión Cevallos
@giovannicarrion