Cuando avanzar exige soltar

Desde nuestra niñez, se nos inculca la importancia de luchar, insistir y no rendirnos. La idea siempre llega acompañada de la noción de que el éxito pertenece a quienes perseveran y que abandonar equivale a fracasar. Sin embargo, pocas lecciones son tan importantes, y tan difíciles, como aprender a soltar.

Soltar no significa olvidar, tampoco dejar de valorar aquello que fue importante o ser indiferente. Significa reconocer que no todo está destinado a permanecer para siempre. Hay proyectos que no prosperan y etapas de la vida que cumplen su ciclo. Aceptarlo suele ser más complicado de lo que parece.

La dificultad reside en que soltar implica enfrentar una realidad incómoda, no tenemos control, sobre todo. Nos cuesta aceptar que algunas cosas no pueden ser reparadas, que ciertas personas toman caminos distintos y que existen respuestas que jamás llegarán. Por eso, con más frecuencia de la que esperamos, nos aferramos a aquello que ya no tiene sentido, no por convicción, sino por miedo.

Miedo al cambio, a la incertidumbre o a la sensación de perder una parte de nosotros. Sin embargo, aferrarse también tiene un costo y es que nos impide avanzar, crecer y abrir espacio para nuevas experiencias.

Con frecuencia confundimos la fortaleza con la resistencia permanente. Creemos que ser fuertes es aguantar o reprimir. Pero existe otra forma de valentía, aún más fuerte, reconocer cuándo algo ha llegado a su fin. Soltar requiere honestidad, madurez y sobre todo, confianza en que la vida continúa más allá de aquello que dejamos atrás.

Quizás crecer consiste precisamente en entender que no siempre ganamos reteniendo. A veces, las mayores conquistas, llegan cuando aprendemos a dejar ir.

Néstor S. González Marca

nestor.gm.loja@hotmail.com

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