Cometas y sueños en el cielo de Loja

Llega agosto a Loja y sucede algo insólito: los vientos fuertes que vienen desde el Villonaco, el Zhañi y Cajanuma cierran por un instante hermoso las puertas de todas las escuelas y las páginas de todos los libros, para que los niños se vayan de vacaciones y al mismo tiempo abren de par en par las puertas del corazón de todos los viejos para que salga ese niño que aún habita en nosotros, y vaya en busca de la felicidad y las cosas simples de la vida.

¿Quién en agosto no ha volado cometas y sueños en Loja? Los más viejos hacíamos las cometas en casa, eran nuestros juguetes simples y hermosos, hechas de papel periódico, diseñadas en forma de rombo o hexágono, y pegadas con engrudo a una armazón de carrizo. Para que la cometa no cabecee y se venga de picada al suelo, en uno de sus extremos se amarraba una larga cola de medias nylon. Y para que una cometa vuele y suba más allá de las nubes, hasta topar el cielo, era suficiente una libra de piola comprada donde los “puruhaes”, en el parque central.

Una cometa es aquel ingenio volante, hecho de ilusión, formas y colores, que cada agosto se toma los cielos de Loja. La pasión por las cometas es ese sueño tan propio del humano de trascender, de volar alto, ¡muy alto!, en busca del infinito. Esa pasión que nos hace desear ser como los pájaros, que cruzan libres por el firmamento sintiendo una sensación de libertad y desprendimiento de lo material.

Junto con agosto y sus vientos, regresa esa feliz añoranza de volver a ser niños, de elevar cometas y, junto con ellas, nuestros sueños; disfrutar de esa preciosa y conmovedora sensación de alegría, aunque sea durante el fugaz instante en que una cometa de papel cruza por el cielo.

Zoila Isabel Loyola Román

ziloyola@utpl.edu.ec