Ecuador vive en una farsa. Que cada cierto tiempo convoquen al pueblo a elegir a sus representantes, en el mejor de los casos, podría interpretarse como una forma de democracia política, y por lo mismo, de carácter reducida, al validarse únicamente con el ejercicio del voto, lo cual deja a un lado el concepto amplio de democracia que significa, sobre todo, participación. Pero ni siquiera eso se cumple de buena manera. La queja permanente es que no se ofrecen las garantías necesarias para que la competencia electoral se de en forma transparente y en igualdad de condiciones. De ahí que la etiqueta de país democrático apenas si sirve para exhibirla en esos encuentros, muchos intrascendentes, preparados por una diplomacia internacional coctelera, siempre prendida al biberón presupuestario de los estados y de la comunidad internacional.
Ahora mismo, y luego de la mentira que representan las elecciones primarias dentro muchos de los partidos o movimientos políticos, en tanto la selección de candidatos responde a la decisión del dueño de la organización política o como respuesta a determinados e inconfesables intereses, se llega al despropósito de tener decenas de candidatos para una u otra función, todo esto bajo la muletilla de lo que prescribe el Art. 61.1 de Constitución en aquello de garantizar los derechos de participación de los ciudadanos, a elegir y ser elegidos.
En esas condiciones, se ha deformado a la democracia llegando a convertir incluso a ciertos partidos o movimientos en organizaciones de alquiler, es decir, degradándolas como si fuesen una mercancía más que se transa en el mercado. En este baratillo de ofertas se suman candidatos provenientes de la farándula o figuras de pantalla, vacíos de conocimientos y de propuestas para llegar a ocupar una dignidad de elección popular.
De ahí que corresponde al pueblo al menos interesarse en conocer la hoja de vida de los candidatos y con su voto apoyar los buenos perfiles y castigar a los mercaderes de la política.
Giovanni Carrión Cevallos
@giovannicarrion